El comentario ha sido rápido, certero, envenenado como una flecha elfa de Bosque Negro. Directa al corazón. Provocando silencio, y sangre invisible después.

Hoy cumplimos cuatro años juntos. V y yo. Y para celebrarlo nos hemos propuesto reventar comiendo sushi, helado y lo que encarte.

 

Después de una tarde de piscina post jornada intensiva/extensiva teníamos todo planeado. El sitio, el coche, la ducha, quién se quedaba con la niña, quién sacaría a los perros. Qué ropa NO ponernos. Etc. Todo está medido, como viene siendo habitual, para poder llevar a cabo nuestro maléfico plan; ir a cenar fuera.

Bueno, todo, todo, no. Olivia iba a lanzarnos un dardo que nos hundiría en una risa tonta y una lástima infinita por irnos sin ella.

Cuando sentados juntos le hemos dicho que nos íbamos, ha sonreído y preguntado dónde. “A cenar fuera cariño” ha dicho mamá. “¿Y papá, dónde va?” ha seguido. “Yo voy con mamá a cenar”… Y entonces, esta criatura de menos de 30 meses ha soltado, mirándonos a los ojos:

¿Y conmigo qué pasa?

Aún intento digerirlo, pero es imposible con tanto sushi.

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