Este agosto he ido de vacaciones con mi hija, como los últimos tres años. Ella tiene veinte nueve meses largos (“dos años y pico” para los mortales sin vástagos) y claro, ha sido una experiencia religiosa (gracias Enriquito).

Y sí, he visto cosas que no creeríais…

He visto padres embobados mirando las botellas de ron que antes vaciaban de una sentada.

He visto madres impregnadas en arena luchando contra el viento de levante por tomar dos minutos de sol.

He visto padres robando sombra a las piedras para proteger de los rayos malignos a sus hijos.

Me he tragado ¡perdón!, he visto hombres tragándose trescientos minutos de capítulos de Mickey y su fucking casa.

He visto paradas de carretera triples para cambiar ropa sucia porque estamos en época de olvidar el pañal.

He visto coches llenos de arena, maletas, bolsas, mochilas y juguetes que no pasarían sin multa ninguna aduana europea.

He visto parejas discutiendo por el color de unos pantalones. Por la textura de un pan. Incluso por debatir por el sabor del agua del mar.

He visto hombres hechos y derechos babear mirando cómo su hijo empuja a otro sin compasión para llegar primero a la maldita máquina de bolas de euro del bar de turno.

He visto padres en baños de mujeres, porque es una asco ir con una niña pequeña al baño de hombres. Y claro, he visto mujeres mirar mal a esos hombres que van con su hija de la mano, a modo escudo del Capitán América.

He visto jugosas hamburguesas enfriarse en la mesa mientras los padres peleaban por dar una cucharada más de puré al pequeño.

He visto lentejas restregadas en toallas ibicencas de la revista Vice. Jodiendo así su diseño cool y la respectiva foto de Instagram.

He visto padres volviendo en coche al apartamiento de AirBnb para después volver a la cala donde estaba su familia en bicicleta, porque allí no podía aparcar ni dios.

He visto platos de calamar fresco desaparecer en el mismo segundo que tardas en ir al wc y volver.

He visto niñas y niños dormir juntos y luego desayunar a tortazos. Mientras sus padres toman café muy cargado para paliar el cansancio extremo.

He visto tantas cosas en tan pocos días que me cuesta recordarlas sin ganas de llorar… y a la vez, con muchas granas de reír.

vacaciones-con-hijos-SI

Esos padres derrotados, cuando se miraban al espejo, eran yo.

Eras tu.

Y aún así, tengo claro que cada cana, cada dolor de cabeza, cada minuto menos de sueño y cada día de ojos de arena, merecen la pena cuando ves sonreír un segundo a tus cachorros. A ella. Cuando después de dos segundos de tensión/discusión, sale un gesto y una sonrisa, y tu puto corazón vibra al tenerlas en tu vida.

Empieza el curso de nuevo, y no puedo estar más contento. Porque aunque Cádiz esté lejos yo estoy -en mi hogar- con ellas.

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