En casa tenemos dos bull dog franceses. Roncadores cariñosos que adoran ser tu sombra y romper cualquier atisbo de silencio en cualquier momento del día. Son puro corazón, pura sangre y, por desgracia, puras bestias cuando se les va la cabeza. Y si hay un bebé en medio el terror entra en casa.

Cualquiera que tenga perro puede entenderme, pero por resumir un poco a los “humanos no perrunos” puedo decir que uno de los perros es el logotipo de mi empresa y que el otro fue el nexo de unión para que Virginia y yo nos conociéramos. Sin esos perros somos nosotros, pero menos.

El amor que se siente por un animal así es increíble y cuando vas a ser padre lo que más deseas es que tu hija tenga -casi- un hermano de cuatro patas vigilándola todo el día. Un compañero de juegos. Uno más de la familia.

Pero justo en el embarazo empezaron los problemas. Pareció que los animales detectaron el nuevo estado de preñez y entre ellos creció la competición de ver quién era el jefe. Un “frenchie” puede ser gracioso, con sus orejas y sus ojos raros, pero si los ves pelearse te das cuenta que son un 90% de músculo y poco de cerebro en esos momentos. Y esa situación no la quieres dentro de unos meses, cuando tu cachorro humano esté gateando por el salón y ellos choquen entre sí por los aires.

¿Qué haces cuando dos animales se pelean? haces cosas mal. Y cuando las haces mal y lo sabes, buscas a alguien que te enseñe a mejorar.

Tuvimos hasta 4 adiestradores. Profesionales. Muy buenos. Alguno ha salido en televisión y trabajado para cine, pero nadie daba con la tecla, Olivia iba creciendo y cada vez tenía menos miedo y respeto por sus “hermanos”.

Pasábamos los días contando peleas. Roces. Bestialidades. No había sangre, casi nunca, pero la tensión no era sana en la familia. Acudimos a la facultad de veterinaria de Madrid y allí empezó a abrirse una nueva vereda… pero el pasado verano apareció alguien más.

Iván, el tío de Olivia, empezó a ayudarnos con Mambo y Ron. Les transmitió su energía, los calmó, los enseñó a jugar y caminar de nuevo, juntos. Puso reglas y formas de hacer las cosas. Se los quedó unos meses y los fue haciendo más felices, más tranquilos y más obedientes. Y la magia ocurrió.

Digo magia porque aún hoy me cuesta estar tranquilo. Siempre tienes la mosca detrás de la oreja, pero cada día tengo más claro que soy yo el que necesite ir a un adiestrador. El siguiente video es casi un sueño. Algo que nunca hubiéramos imaginado hace unos meses. Y lo mejor es que es sólo un ejemplo de una situación tranquila en casa.

Gracias Ivi…

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