O también llamadas “ojos de arena”. Son esa mezcla de cansancio, destrozo físico y mental que se refleja claramente en tu cara desde la primera noche que pasas siendo padre.

Desde hace unas semanas, y después de siete años, he vuelto a salir a correr. Y salgo a la calle dormido, a las seis de la mañana. La gente alucina un poco cuando se lo cuento, pero no mucho más que yo cuando empiezo a trotar de noche y vuelvo al salir el sol. Son sólo 30 minutos, y sé que la hora de practicarlo no es muy habitual, pero me saben a gloria.

Esa sorpresa, o sospecha de locura, de la gente hacia mi, suele darse sobre todo en aquellos que nos son padres. Y aquí viene el truco. Si eres padre, desde la primera noche, empieza a cambiar tu reloj del sueño. Se va al hoyo, cierto, pero también se hace más fuerte.

Voy a decir tres obviedades: cuando tienes un hijo duermes menos, duermes peor y nunca más será igual que antes. Cierto todo, pero con matices.

 

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Después de los primeros meses te acostumbras a dormir poco. Puedes ir reptando por la calle, pero vas. Tus ojeras no son estéticas y te la sopla. Tomas más café, o lo que te estimule. Y lo superas. Ya está. Podemos hacer una tragedia griega de esto, pero por alguna razón, el ser humano está preparado para superarlo todo. Y esto no es para menos.

Siempre he sido un perezoso. Me agarraba a las sábanas hasta los 30 años por alargar el sueño unos minutos más. Pero eso pasa, me sigue encantando dormir, pero también empiezo a saber cómo ganarle horas al día y no explotar en el intento.

Los ojos de arena no son tan duros, simplemente soy de una generación lastimera que necesita ponerle nombre a todo, en lugar de superarlo y seguir jugando.

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