Un tipo en plan walking dead camina despacio y sólo por un hospital, más o menos sabe lo que busca y por qué, pero no lo parece ni de coña.

Antes de andar como un puto zombi, mucho antes, meses atrás, yo era un tipo que volvía de recoger un premio en Barcelona. El premio en sí era una patata, pero premio era, y si lo vendes bien, es un premiazo. Volvía en un vuelo barato, de los que parecen una tómbola de feria que sortea muñecas chochonas y no te dejan dormir. Y al llegar a casa, mi amiga, amante y novia tenía preparada una tarta (housemade) de queso. Sorpresa, sorpresa. 

Y esa sorpresa con el espermatozoide listo que vuela y el óvulo que se deja querer provoca que mi mundo cambie, que los meses se cuenten hacia atrás, las citas y ecografías son metas a superar. Crecen las curvas, las canas y las tetas (más aún). Felicidad.

Y así llega ayer o antes de ayer (el día 3 de marzo de 2014). Un apretón tras otro y nos vamos al hospital. Donde hay otros hombres, que no pasean, donde estoy yo buscando un puto vaso de agua para despertar y calmarme a partes iguales.

Horas largas y cortas, pasan y punto. Y todo se abre para que ella salga. Después de ponerme bata y mascarilla la veo, la toco y todo el jodido mundo cobra sentido.

Todo-tiene-sentido. 

Podría poner ochocientas fotos que he(mos) hecho sin parar, pero una que me impresiona mucho es esta, compartida en el muro de Facebook de mi hermano, donde a mucha gente le gusta la noticia y donde el texto que escribe mi padrino, es lo puto mejor. 

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