Muchos crecimos con este anuncio y con la frasecilla.

Yo, nunca tuve un primo que estuviera ahí para defenderme y pelear con él. Ahora que tengo una hija, valoro ochocientas veces más la importancia de la familia.

Mi chica ha crecido en una familia grande, muy unida, con nudos, como en todas, pero sin roturas. Yo, sin embargo ,crecí siendo el pequeño total, la sorpresa final, y mis primos y hermanos eran adultos o estaban muy cerca de serlo.

Eso tiene sus cosas buenas, pero también te puedes olvidar de tener compañeros de juegos infinitos a tu altura.

niños jugando en ventana

Ahora Olivia tiene primos, aunque en el pueblo, y con las fiestas ha tenido muchos días para disfrutar de ellos. Saltar, gritar, jugar, pelear, llorar, reír… cansarse mutuamente. Pero después, tocaba volver a la realidad. Volver a Madrid y a las cenas familiares donde nadie disputa los focos de atención. Donde nadie juega a “su altura”.

Todos podemos echar horas y divertirnos con los niños, pero ellos se necesitan. Nunca irán con sus “amigos padres” a tirarse al tobogán. No irán con sus “amigos tíos” a las primeras discotecas. Nunca liarán su primer canuto con ningún “amigo abuelo”.

Llegarán mil personas, algunos serán amigos y otros conocidos, pero la sangre es la sangre. Y esa no hay interés que la borre u olvide. Esos lazos quedan siempre ahí. Lo sé porque lo veo y no lo veo, en mi familia “adoptiva” y en mi familia de sangre.

Qué nos queda si no hay primos… buscar buenos amigos.

Y sí.

Esperar a los -mejores- hermanos.

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