40 semanas pasan en un suspiro, pero diez minutos de parto pueden ser una odisea.

¿Natural o epidural?

Te pregunta una doctora algo sencillo. Todo el mundo da por hecho que prefieres lo fácil, el no sentir, “que salga sola”. Casi todo el mundo se hace el fuerte y elige natural. Luego a la hora de la verdad las miradas cambian y las fuerzas se van a tomar por culo.

“Natural, doctora”

V eligió natural. Lo eligió con Olivia, pero el miedo le pudo y pidió drogas hace cuatro.

Con Valeria la cosa cambió. La vida le ha dado varias hostias a mi pareja y su forma de ver el mundo ha cambiado también. El miedo ahora es ingrediente que evita, y vive, y todo tiene más gusto sin él.

Cuando confirma ochocientas veces en dos horas que no quiere epidural las miradas del equipo médico se dicen “otra más, en un rato veremos”. Pero Virginia nos sorprendió a todos.

Los caballos son bestias, los humanos también

El parto de Valeria ha durado casi cuatro horas, pero dos han sido las fuertes. Y en el hospital las cartas estaban claras.

No hay drogas. Hay dos ovarios, que demuestran de nuevo que tienen más valor que mil pares de cojones. Y sin drogas, la fuerza y la mente mandan.

Pero la realidad es jodida.

Imagina cuatro caballos. Estás atada a ellos, dos tiran fuerte hacia un lado y los otros al contrario.

Te desgarran. Te parten. Tiran y tiran y vuelven a tirar. Y tu, la mujer que está en medio, gritas y casi lloras y piensas que no puedes más.

Pero puedes más.

Y sale una cabeza entre chorros de sangre. Entre vísceras y líquidos. Sale y se encajona.

Y crees que no puedes, pero recuerda, respira y recuerda: puedes.

Y vuelves a empujar, soplidos cortos y apretones fuertes. Cómo los puños chocando con el saco de boxeo. Una y otra y otra vez.

Y sale. Y sale su cabeza y notas que la presión que te partía en mil pedazos sale con ella. Y su cuerpo son huesos y carne rodeados de piel de algodón, que salen fácil y van a tus manos.

Entonces la coges y durante medio segundo hay un -puto- silencio que puedes morder. Y llora. Y lloras tu, lloro yo y llora cada alma que nos ve desde donde sea.

Luego la cojo y en menos de cinco minutos has olvidado el dolor más animal y salvaje de tu vida. El cerebro hace su trabajo y borra los archivos temporales malos y hoy, unas horas después, solo existe el recuerdo de las luces y el sonido de tu voz gritando. Pero el dolor desaparece.

Ahora dormimos tranquilos, o lo intentamos, porque puedes.

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