Escribí este post hace un año. Lleva en “la libreta” desde entonces. Ahora, por fin, puedo publicarlo.


Es muy fácil temblar, llorar y meterse un pozo profundo, oscuro y húmedo cuando recibes la noticia de que el odiado cáncer te ha tocado. No a ti, a ella. Pero eso también es a ti. Nuestra vida gira rápido y en tres minutos todos los planes se frenan para dejar paso al nuevo asunto familiar.

Un día cualquiera de septiembre, mientras trabajas en el estudio, suena una -puta- notificación de whatsapp y la palidez se apodera de Virginia. “No es bueno” es el titular que esa semana pesará sobre tus hombros. Y eso sólo es el principio. Después vienen semanas de pruebas, aciertos y decisiones rápidas. Operación y alta. Todo listo y terminado (casi).

Lo jodido de algo como esto se presenta así, ante ti, sin avisar. Puedes ser un espartano calvo, como a veces “confunde” tu hija, puedes aguantar vientos en contra y dietas sin sal. Puedes llevar de la mejor manera la estabilización hormonal. Tragar saliva ante otra discusión que no lleva a nada (ninguna discusión vale la pena). Puedes ser de acero de la cabeza a los píes, pero tranquilo, un día a la vuelta del colegio, cuando saques a la pequeña del coche y te dé su mano, verás las dos sombras en las paredes del garaje, oirás el silencio y sentirás la soledad cogiendo tu otra mano (que parecía libre). El miedo te pegará un puñetazo y llorarás. Sin avisar, sin notificaciones.

En ese momento tu mente se queda quieta. Sabes que llevas mucho, que está resuelto. Todo seguirá donde se frenó en septiembre. Pero ya has visto las orejas al lobo y desde ese minuto la quieres más. La necesitas mucho. Cada momento que te falta, te escuece. Cada vez que notas que perdéis el tiempo haciendo o mirando tonterías, sientes que la arena se va por tus dedos. Y no te gusta. Sueñas con vivir la vida a su lado y no sabes cómo decirlo.

Supongo que esto ocurre siempre, en todas las vidas, aunque no haya pasado la terrible “C” cerca de ti. Pero cuando te roza, cada instante es oro, y hay que aceptar que te pierdes muchos momentos, por eso mismo debes disfrutar los que hay, y si quieres, serán buenos y únicos.

Tírate al suelo con ella, juega, habla, grita, llora y baila. Y con tu hija, también.

Este post no tiene un final claro. Porque no lo hay. Siempre hay que seguir, caerse y levantarse.

Un sabio me dijo una vez: “La vida no tiene cura” y otro me dijo hace poco “Poder luchar es lo importante”.


Ayer se cerró, por fin, una etapa fea. La nube negra se fue con el viento (con el yodo y las pastillas y los tratamientos). No quedan restos. Sigamos.

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