Hace casi dos años dejé a Olivia en la guardería. En manos de una profesora que no conocía y con las RayBan puestas para tapar los ojos rojos a punto de explotar. Hace unos días terminó esa etapa y lloré con alegría en el patio del colegio.

El primer día

Llevamos el primer día de la mejor forma. Tuve que ir solo, venderle la moto y “engañarnos” un poco a todos.

Entregué a la niña y todo el mundo se fue al suelo. Ella de forma literal y yo, con orgullo de padre primerizo tonto, salí de la guardería rápido. Protegido por las gafas y hundido.

En dos años las emociones no han parado de ir y venir. Pero hemos aprendido mucho.

La profe que no

Por cosas de la vida tuvimos cambio de profesora el primer trimestre. El segundo y el tercero fueron el caos por ese motivo. No es bueno atacar, y no lo voy a hacer, pero no tuvimos suerte.

Cuando das con una profesora que ama a los niños, ellos se lo devuelven. Juegan en casa y te hablan de ella. Están felices con las canciones aprendidas y seleccionan sus juguetes preferidos para llevarlos a clase.

Cuando la profesora no encaja, no mola el panorama.

No es normal que una niña de dos años juegue a castigar a sus muñecos. Y menos aún que les grite. Así que no, no tuvimos suerte. Pero como todas las etapas, pasó.

La gran Gema

Llegó verano, perdimos rutinas pero volvimos a trabajar con Olivia para que disfrutara de su infancia. Olvidó el bocado en la cara, las peleas y los malos modos. Y jugó.

Y cuando llegó septiembre volvimos con Gema. No hizo falta que pasara ni una semana para saber que hay personas que además de enseñar, quieren a los niños, y eso hace que amen su trabajo.

Personalmente no me metería en una clase con veinte niños ni loco, ni durante una semana ni durante un año. Por eso valoro tanto lo que hacen los buenos profesores.

Es fácil perder la calma, seguro que hay toques de atención y mucha educación, por eso están ahí. Pero siempre, siempre, siempre, hay respeto y amor. Y eso se demuestra cuando mi hija, que vende sus besos muy caros, no le perdonaba ni uno a la hora de irnos a casa.

Es imposible dar las gracias por tanto… pero gracias.

La paciencia es mi lección, el amor mi notaza

Olivia ha aprendido mucho en la guardería, le gusta la música, hablar inglés y jugar hasta reventar. Pero yo he aprendido mucho con ella también.

He comprendido que todos nos marchamos para volver a vernos después. Que siempre es mejor un “hasta luego” que un adiós. Que los pasillos de la vida son gigantes y siempre nos acabaremos cruzando.

He aprendido a ser paciente, aún me queda mucho pero la teoría me la sé y voy poco a poco con la práctica.

He vuelto a recibir clases, de mi hija sobre todo, de pintura y creatividad. De amistad y cariño.

Eso, cariño en vena. Que te abracen al salir. Porque ahora, por desgracia soy un “padre de los viernes” y cuando me veía ir a por ella, me quería con fuerza. Y por eso sé, que esos besos a su profesora, son oro. Y que mientras nosotros trabajábamos estaba en las mejores manos.

Por eso lloré sin vergüenza ninguna, porque la profesora y la alumna se despidieron con lágrimas en los ojos. Y eso es pura felicidad. Aunque otros te miren raro, pero ahí es cuando vale la pena todo… cuando tu corazón palpita como una patata frita.

Gracias Gema de nuevo, nos vemos en los pasillos.

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