Hoy se ha publicado un artículo que hará mucho ruido en las redes. Habla fundamentalmente de que la publicidad engorda a nuestros hijos.Y yo, como publicitario y más que nada, como padre, tengo que gritar hasta que se me salga el alma: QUE NO.

El artículo del gran medio

Este es el texto en cuestión, merece la pena leerlo, pero si tienes dos dedos de frente reconocerás que no merece la pena alarmarse.

O sí. Si eres de los que se dejan llevar por las modas y crees en la publicidad (en general). Pon el grito en el cielo. Corta tela, píntala con un mensaje rotundo y sal a la calle. Tus hijos están cogiendo peso por la maldita publicidad.

Yo hago anuncios, pero no quiero engordar a tus hijos

Pensemos con lógica. Ningún cliente me ha pedido NUNCA que destaque algo malo de su producto (vivimos en un mundo donde todo tiene algo malo, hasta el oxígeno que respiramos va oxidando nuestro organismo… WTF). Ninguna marca ha deseado que diseñara un producto feo. Que empleara mal el color, que fuera poco atractivo el resultado.

Obviamente todos quieren destacar algo “bueno” para llamar tu atención. Tienen que competir contra miles de empresas y ahí es donde nosotros, (los publicitarios y diseñadores) debemos emplearnos a fondo. Nadie compra ni consume nada porque sí.

Como persona que compra algo, seguro que quieres que esté delicioso o que aporte algo en tu vida. Ya sea eliminar la sed o verte más guapo ante el espejo. O sacarte un moco sin rasparte la nariz.

Y eso visto desde los ojos de un adulto. Un niño tiene menos criterio y por suerte, no maneja el dinero. Ahí es dónde entras los padres y la educación.

imagen de tomates colgados de su rama

De https://unsplash.com/@danielcgold

Como padre, mi hija come mal, cuando queremos

Escribo esto con un café en la mano y el plástico de un sobao al lado. Seguramente ya se está digiriendo todo ese dulce, esa masa, esa porquería que me costará quemar mucho en el crossfit. Pero es elección mía.

Como padre intento que mi hija no coma porquerías. El chocolate lo ve poco y de lejos. Y sí, de vez en cuando, le damos algo. Pero no compramos kilos de galletas príncipe (aunque le encantan) no tenemos bollería en casa, peleamos por darle fruta en las meriendas y en los postres. Intentamos cada día que coma verdura, contándole mil historias que no vienen al caso y lo mejor de todo, es que cada vez, la pelea dura menos, porque le gusta más.

Seguimos comprando con ella muchas veces. Y no solemos pasar y estar dos horas en los pasillos “malignos” que los diseñadores y publicitarios han llenado de paquetes de venenos comestibles. Con esos animales de dibujos en sus frontales y esos reclamos coloridos. Nosotros intentamos evitar el conflicto y pelear por “lo verde” antes que gritar por la grasa.

Aún es fácil

Hoy por hoy, Olivia tiene tres años y poco. Seguramente cuando tenga diez nos acompañe y la lucha cambie, pero mientras tanto las tarjetas de crédito las llevamos nosotros y tenemos la última palabra de lo que se compra.

Educamos día a día. Y eso cuesta mucho más que no comprar. Y por supuesto, intentamos reducir los impactos publicitarios. La tele no engorda, son los padres. Por eso, siempre que puedo comemos judías mágicas y vemos un capítulo de Netflix juntos.

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