Hace unos días estando en el parque, donde la arena es tan preciada como la gasolina de MadMax, unos 7 o 700 padres mirábamos a nuestros hijos. La superviviencia y diversión allí siempre dependen del “espabilismo” de nuestros cachorros, y si hay suerte los mayores no tenemos que intervenir en contiendas.

El día del que hablo era soleado y todos jugaban sin parar. Sin mirar. Sin respetar las colas. Un día más. Y mi hija, como siempre, tenía un problema. Al contrario que yo, ella tiene un exceso de simpatía, se suele acercar sin cortarse a los niños. Los mira a los ojos, les dice “hola”, les dice “me llamo Olivia”, practica su mejor sonrisa, usa todas las palabras conocidas para atraer su atención. Y como siempre, los niños pasan de ella.

La pobre sigue su rutina de buscar amigos siempre que vamos y pocas veces surge efecto. Pero este día fue especial, había otra niña sola. Una china que jugaba con la arena, y mi hija, como no podía ser de otra manera, también la sondeo a ver si encontraba respuestas.

Se acercó a la chica, que estaba tirada en el suelo y le dijo “hola”. Entonces, ni el cielo se cubrió de nubes rosas ni salieron unicornios de todos los garajes, simplemente la niña la miró con una sonrisa y respondió con otro “hola”. Al segundo le puso una piedra en la mano y empezaron a jugar. Estuvieron así un rato largo, hablaron poco y jugaron mucho. Crearon una isla de buen rollo entre la diversión egoista de los otros niños. Y mi corazón se partió en mil pedazos al ver la imagen.

¿A qué viene esto? A que sería genial que enseñáramos a nuestros hijos a jugar. No forzarles. Pero sí darles unas pautas de trato. Regalar tus juguetes puede no molar, pero si los prestas lo pasarás mejor.

Cada cual hace lo que quiere con sus hijos, pero una sonrisa y un “hola” le gustan hasta al más terrible de los trolls, simplemente hay que practicarlos.

Yo envidio el carácter de mi hija porque siempre he sido un -poco/bastante- ogro. Pero con el tiempo he de reconocer que los mejoremos momentos han ocurrido en grupos, con gente. Al final somos seres sociales y cuantos más mezclemos, más bonito será el cuadro de nuestra vida.

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