Lleva razón, o no, e insiste en tu idea. Gana las partidas, las carreras, las comida, o haz trampas para hacerlo. Inventa un mundo con cuatro imanes raros. Disfruta de la patrulla canina versión “made in China”. Come aceitunas hasta que te salgan sin avisar. Camina despacio, descalza, por el borde del parque de bolas. Peléate con la mirada con cualquiera. Grita de rabia por la tontería más leve.

Mi pequeña princesa guerrera letal ya ha cumplido tres años. El bebé ya ha crecido. No recordamos cómo era tenerla sujeta con un brazo. Vemos fotos y babeamos. Pero ahora es ella la que las mira también, la que las pasa, la que las quita para poner Netflix.

Ella es la nueva comandante en mando, retando hasta a su sombra.

Y a los padres no nos queda más que respirar hondo, y lanzarnos al barro. Hay mucho por jugar… y mucho por “aclarar”. Porque es como un caballo que corre sin mirar, y claro, necesita unos jinetes que le enseñen un poco más.

Los dos años empezaron con la súper fiesta, y meses antes anunciaban caos y buenos berrinches. Que sí, llegaron. Y cada día está al borde del abismo de otro llanto sin sentido que intentamos evitar. Unos veces ganas y otras, haces trampas para ganar (again).

Pero cada día que pasa, crece. Lo sabemos todos los que vivimos con pequeños cachorros. Cada día hay un cambio, tres palabras nuevas y una conversación inventada. Y todo se puede razonar.

Los terribles dos, los peores tres

Ya lo anuncian todos, advertencias y abrazos con cariño. La fiesta no empieza cuando cumple 3, la fiesta es continua desde que nace. Y nosotros somos su escudo, su general y su recluta.

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