Si vives en Madrid, o eres de otro sitio y vienes a la ciudad, y por remota casualidad quieren ver tus hijos el “espectáculo” de Cortylandia. No vayas si quieres seguir viviendo. Punto

Puede parecer exagerado pero no lo es, es un aviso desde el corazón, desde el más profundo cariño. A ti, que no te conozco, o que sí. No vayas, de verdad.

El espectáculo de los 60

Cuenta la leyenda que antiguamente los madrileños iban felices a ver Cortylandia. Que los muñecos contaban una historia y la tonadilla se quedaba en tu mente forever. Eso es así hoy en día. Pero sin encanto y compitiendo contra Youtube, Netflix y las otras mil opciones de animación que tienen los niños al alcance de la mano. Y obviamente, hay un perdedor absoluto: TÚ.

Perdemos los padres

La calidad de Cortylandia es nula, pero a los niños les gusta. Aunque el precio a pagar para llegar a verla es muy alto.

Nosotros hemos ido tres veces, y con más o menos luchas, lo hemos podido ver. Pero este año es un suicidio.

No culpo a Carmena, ni al mismo Corte Inglés. Tampoco podemos darle mucha cera a la Policía, que en este caso juega un papel puramente decorativo. Pero algo falla en esas calles.

La trampa para el rebaño

No puedes ir, o intentar llegar, a la plaza donde hacen Cortylandia, porque está entre dos de las calles más comerciales de Madrid. Y es Navidad. Esto quiere decir que si normalmente hay mucha gente, estos días es el fin. Hay miles de personas, y nadie controla nada.

Obviamente no pido un régimen norcoreano del orden. Pero sí una forma de que el rebaño humano entre y salga. Porque cuando muchos nos juntamos, y todos queremos movernos, es imposible. La calle Arenal se convierte en una ratonera donde hay mucha gente cabreada, de todas las edades, y donde tu nivel de estrés aumenta tan rápido como baja el nivel de paciencia. Y esto provoca lo que todos sabemos: Mala hostia global.

Si añades que tus cachorros están ahí. Alcanzas limites ilegales de civilización. Y eso no interesa.

Conclusión, Cortylandia no mola si quieres pasar una buena tarde con tus hijos. Porque el precio a pagar es demasiado alto. Y además, esa canción conviene que evites conocerla, o nunca se despegará de tu mente.

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