¿Qué pasa si durante diez días mamá (V) no está en casa? Eso me pregunté hasta el último minuto, cuando salía del hospital camino del coche, cuando me subí y metí la tarjeta del parking, esa maldita pregunta me estaba devorando desde hacía meses, desde que supimos que necesitaríamos un tiempo separados para terminar el tratamiento. Mamá “aislada” y Olivia y yo en casa. Empezaba la fiesta.

Y para empezar, y casi terminar, lo fundamental en estos casos es prever las crisis, que serán tantas como cualquier otro día, pero las vivirás solo, suavizar lo máximo posible las sorpresas. Y algo muy importante, ser sinceros con los cachorros (básico).

Otro gran secreto para sobrevivir a estos días ha sido la familia. Viva Vito Corleone. Sin familia, estamos jodidos, todos. Tener unos buenos abuelos y tíos hace que cualquier bache parezca una caricia mal dada.

Los primeros días sin Virginia fueron rápidos, sumidos en la rutina de la guardería, meriendas, paseos y juegos. Las tardes y ratos de las noches pasaron rápido, y las visitas y estancias de los abuelos fueron una bomba de oxígeno para mi.

Hasta ahí bien. Pero sobre el quinto día Olivia empezó a preguntar “¿Dónde está mamá?” sin remilgos ni preliminares me decía: “¿Dónde está mamá?”. Y sí, las primeras veces cometí el fallo de mentir, diciéndole: “está trabajando” pero ella, a sus 23 meses, sabe que mamá vuelve del trabajo cada día y empezaba a olerle la mentira mucho. Así que tuve que optar por la verdad, y comprobar que era la mejor solución, le dije: “Mamá está en el médico, volverá en unos días, pero te quiere mucho y no debes preocuparte”. Y Olivia, con sus mismos 23 meses de antes, me miró y me tranquilizó. Ella, a mi, me tranquilizó ella a mi. Con sus ojos susurraba: “tranquilo papá, está todo controlado, te voy a dar guerra para que no te aburras y que pase rápida toda esta mierda”.

Y así lo hizo. Con su voz más aguda y ante cualquier “no” respondió con llantos y gritos. Y yo, sudando y en blanco, trataba de no entrar en su juego, pero perdía demasiadas veces. Además, sabiéndose poderosa con las lágrimas, me exigía chocolate o bollos de la “lela Paqui”. Y yo, en esos momentos de locura, lanzaba “whatsapps” hacía la “lela Carmen” o “Baba”. Muchas veces resistí, pero hay momentos en los que necesitas ayuda y cuando aparece la familia, tu mundo mejora.

Y luego llegaron esas noches últimas, en las que estás solo en casa, que no son noches de locura, pelis y amigos. Son noches silenciosas. Noches amargas que no tienen sentido, donde casi no te mueves en la cama y miras la video cámara por si ella se despierta. Y luego miras, jodido, la almohada vacía de al lado, por si mágicamente aparece V. Esas noches, empezaron a hacerse largas y Olivia empezó a despertarse y querer jugar, o simplemente estar acompañada. Como yo, pero pidiéndolo a su modo.

Lo jodido de esas noches depresivas es que les sigue un día más solo. O acompañado a ratos, pero sin un pedazo muy grande de ti.

Y así pasaron los días finales. Con dolor de espalda, cuello y alma.

Pero todo pasa, incluido lo malo. Y hoy vuelve V a estar en casa, las noches podemos repartirlas entre dos, y sobre todo, gastar el chocolate mucho antes de que Olivia lo vea. Gracias Don Vito por enseñarme lo más importante desde hace años.

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